¿Dónde está la ONU que en 1948 firmó la Declaración de los Derechos Humanos compuesta por 30 artículos básicos para que se viviera mejor en nuestra Tierra? Ni uno sólo de los sencillos artículos se cumple hoy, cincuenta y ocho años después.
Europa, sede de esta declaración ya que se firmó en París, es un cero a la izquierda en materia social, humanitaria, solidaria. La cuna de la civilización no existe, lo único que queda de ella son declaraciones que jamás se quieren realizar. ¿Tendrá que ocurrir otra guerra mundial para que los representantes de la ONU espabilen e impongan su autoridad, aunque sea moral?
Hoy, los Derechos Humanos que nos obligan a enseñarlos en las escuelas son tan papel mojado como la propia Constitución Española. Ambas declaraciones apenas distan unos días en conmemorar sus aniversarios, cuando se ratificaron recibieron críticas, después, con el paso del tiempo se tiene la certeza de que deben renovarse, sin embargo, según está el panorama nacional e internacional, tal vez habría que decir lo del dicho popular “virgencita, virgencita que me quede como estoy” y empezar a tomarse en serio lo que dicen estos documentos, aunque sólo fuera un poquito.
La crisis se está llevando por delante todo, incluido la Constitución Española y la Declaración de los Derechos Humanos. Todo. Nadie dice nada, como estamos en crisis, nadie se plantea ninguna exigencia social o humanitaria, nada que tenga que ver con los derechos, los valores morales, la dignidad de las personas, el trabajo, la salud, la vivienda, la alimentación, la ropa, la educación. Por supuesto mucho menos se menciona la libertad, la igualdad o la solidaridad.
Empezamos década, la segunda del siglo XXI, con el mercado como el único rey absoluto sobre la faz de esta tierra, como el amo ambicioso que ha conseguido instalarse en las más altas cumbres del poder y en su ascenso ha arrasado con instituciones y declaraciones que se habían creado para buscar el bien de la humanidad. El bien ya no cuenta, porque lo que verdaderamente cuenta es el dinero. ¿Tendremos que evolucionar hacia un cuerpo nuevo, con forma de moneda o billete? No será necesario, los cuerpos, antes llamados personas, ya se venden por sí solos, son la moneda de cambio de unos pocos mercaderes. Cada vez son menos porque unos se comen a otros y pronto solo habrá uno que reinará indefinidamente hasta que le salga un hijo que lo mate, como en la mitología griega que nos sabemos tan bien. Claro que por sabérnosla nos da miedo, nos horroriza saber que nuestros esfuerzos no sirven para nada, que nuestros hijos vivirán peor que nosotros, que nuestro medio ambiente no soportará tanta contaminación. Y vendrá la violencia y otra vez a morir los mismos para empezar de nuevo y creer que se consiguen cosas definitivas, seguras, razonables, como que todos los humanos somos personas con dignidad, iguales y dotadas de derechos.
El mercado lo hemos inventado nosotros, las reglas del juego las hemos inventado nosotros, la duración de la partida la hemos inventado nosotros… ¿a qué esperamos para inventar otro juego que no suponga tanto dolor, tanta injusticia, tanta desigualdad, tanto paro, desalojos, pobreza, miseria y enfermedad, tantas depresiones, insomnios, ansiedades, tantas violaciones, maltratos y peleas? El mercado implica todo esto y más, la desaparición de la democracia, de la vida en sociedad civil, política, humana. El mercado somos todos: cambiémoslo o cuidado, los DDHH han desaparecido.
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